Bunbury: El país de las tentaciones 1998


Quien quiera podrá opinar que hay impostura en la súbita adoración de Bunbury por Concha Piquer y Carlos Gardel. Pero habrá de admitir que el zaragozano está dispuesto a llevar sus nuevas pasiones hasta las últimas consecuencias. Su interpretación de Con el alma en los labios aparece en un disco colectivo de homenaje a la copla —Ta tuaje, a la venta el próximo 11 de octubre— entre las de Antonio Vega, Calamaro, Javier Álvarez, Sabina o Antonio Carmona entre otros. ¿Y si el disco hubiera sido de tangos? "Hubiera grabado Confesión. O cualquier otro de Discépolo, uno de mis favoritos".

EL OASIS, ‘VEDETTES’ Y COLOSOS

T. ¿Te animas a hacer una valoración de los trabajos de tus ex compañeros?
E. B. El disco de Pedro [Andreu, batería], el de Pura Vida, me parece que tiene buenas canciones, pero creo que es demasiado estándar. Joaquín [Cardiel, bajo] ha hecho la música para La carta del indio salvaje. Creo que es muy bonita, pero claro, es una música que acompaña un texto, y sólo tiene sentido con ese texto. Y no es un disco en sí mismo, creo que dura 10 o 12 minutos. De Juan [Valdivia, guitarra] lo que he oído son maquetas y hay canciones muy bonitas. Pero no sé a donde va ni cómo saldrá al final. Bogusflow [el grupo que ha montado el quinto Héroe, el guitarrista mexicano Alan Boguslavsky] me gusta mucho. El suyo es un gran disco, aunque para mí tiene un problema: que cantan en inglés. Pero me parece que hay sentimiento y que los músicos son fantásticos. Tanto, que tocan conmigo.

Ahí están todos: guitarra, bajo, batería, percusión, teclados, violín, trombón, saxo, trompeta y cantante, entrando a los ensayos. El local es un antiguo cabaré llamado El Oasis, en Zaragoza, pero que con la imaginación justa te sitúa en un Berlín de preguerra, con gruesos telones de terciopelo, oficiales con insignia y largo abrigo de cuero, chicas con plumas y liguero. Una inscripción en la puerta indica que el lugar abrió en 1909 y que en su día programó "vedettes de ensueño", "colosos de la gracia", "ases de la hilaridad", "parodistas musicales" y otras atracciones fenomenales.

T. ¿Qué va a tener de cabaré tu gira de presentación, que has llamado Pequeño Cabaret Ambulante?
E. B. Me pillas preparándola, todavía no está demasiado claro. Además, yo nunca he estado con tantos músicos en el escenario. Pero el sentido más claro de cabaré que quiero darle es el de que ahí van a aparecer ciertas músicas aglomeradas, igual que se podría escuchar en un cabaré de Berlín o de Zaragoza. Siempre he tenido claro que para mí salir de gira no significa decir "venga, a ver cuáles son mis grandes éxitos" y pimpampum. Tiene que resultar una revisión de tu material nueva y diferente a la anterior. Voy a intentar encontrar el equilibrio entre una propuesta musical apoyada visualmente, y no al revés. No pretendo llegar a la Orquesta Mondragón.

T. Es la primera vez que te enfrentas a la autoproducción en un disco. ¿Qué te llevó a dirigir precisamente una grabación tan compleja, tan llena de instrumentación como Pequeño?
E. B. Sí, tiene de todo, todo lo que se me ocurría. Pero es que éste no era un disco que exigiera un sonido innovador, una producción exquisita a nivel de conocimientos técnicos de una mesa, de efectos o modernidades. Todo lo contrario, yo creo que lo que había que hacer es que tocaran mucho los músicos y trabajar mucho los arreglos. Y ésa era una labor que yo estaba haciendo en el local de ensayo con mi banda. Lo tenía todo en mi cabeza. Y pensaba: si ahora tengo todo este material y me voy a un estudio y viene un productor, va a querer tocar todo lo que he estado pensando. Pensaba: un anglosajón se va a perder en el camino. Y un productor español lo va a querer hacer excesivamente brillante. Va a querer que esto suene de la hostia y yo no quiero que suene así: yo quiero que suene pequeñito, honesto, sincero, muy de una habitación, que nada suene por encima de plano. Yo quería algo oscuro, perdido. Pensaba más en Nick Cave que en Rosario. Este disco tiene que sonar bien en un radiocasete. Que la sutileza de la mezcla de estilos se hiciera con suavidad, como en una balsa de aceite.

UN DISCO PARA LAS MADRES

T. Hablando de variedad, ¿no has forzado al mostrar tantas influencias?
E. B. Yo creo que las influencias no son buscadas, sino aceptadas. Si salía algo lo aceptaba tranquilamente. Lo que no quería era llegar a mimetismos: eso me horroriza, sobre todo porque lo veo mucho en muchos grupos, y porque también en algún momento me ha parecido que yo también he podido rozar eso. Y creo que eso es lo más imperdonable que puede existir en un músico o en cualquier tipo que haga algo creativo. Suenas indie, vale, eres indie, vale, lo has conseguido. Pero no eres personal. Cierta originalidad no quiere decir que cantes en arameo o hagan las bases extrañas tipo Autechre. Creo que detrás de que la gente cante en inglés hay un miedo a mostrar algo sincero y honesto. Se sienten avergonzados de que no tienen nada que decir o de lo que tienen que decir, una de las dos. Obviamente, hay excepciones. Manta Ray, por ejemplo.

T. ¿Por qué no aparecen las letras de tus canciones en el libreto del disco?
E. B. Por mi falta de interés en dar explicaciones, en que todo quedara muy claro. He querido dar muy pocas pistas. En el disco no hay prácticamente datos, está claro por sí solo si lo escuchas entero. No estoy escondiendo nada, es un disco muy sencillo, muy desnudo, muy simple; no tiene simbolismos o metáforas. Las letras son las más sencillas que he escrito nunca. Es la primera vez en mi vida que tengo antes la música que las letras.

"Te voy a dar un titular", bromea Bunbury. "La frase del año: ‘Este disco lo he hecho para mis padres’. Después de muchos años haciendo discos que dicen Contracorriente, Servidor de nadie, Avalancha... me apetecía hacer un disco que lo pudiera poner mi madre entero y que le gustara. Éste es, para mí, un disco para madres. Y para secretarias. A mí me encantaría, como a Jesulín de Ubrique, hacer conciertos para mujeres". Más serio es este otro asunto: para el primer vídeoclip, Bunbury contrató los servicios de Julio Medem. Pero todo parece indicar que el fruto de la alianza no llegará a verse: "Es una pena, porque yo aprecio muchísimo a Julio como cineasta y como persona, y yo sé que él ha salido dolido de esto como yo. Es un terreno pantanoso: hubiera querido que el vídeo fuera del gusto de todos, pero no ha sido así". Desdramatizando, Bunbury habla de sus ídolos —él critica a los artistas que siembran sus declaraciones de citas a los artistas adorados, pero pronto enrojece al recordar que en la suya figura una docena— y admite su mitomanía radical. "En la gira del 90 entré al camerino de Bowie y le robé un kiwi. Ahí tienes otro titular: ‘Bunbury roba kiwi a Bowie’. Bono me pidió perdón una vez que se chocó conmigo. También conocí a Leonard Cohen. Y a Robert Plant. En un festival estábamos tocando un trozo de una canción de Led Zeppelin y él estaba ahí, a la izquierda, mirándome. Una vergüenza espantosa".

T. Desde la ruptura de Héroes, ¿ha habido voluntad de juntar a la banda?
E. B. No, en ningún momento. No existimos como banda, pero existimos como personas. Cada uno tiene su vida actualmente, y Dios sabe qué es lo que nos va a deparar el futuro. No veo muchas razones por las que nos podamos juntar en el futuro, pero sí veo algunas. La razón más bonita sería que musicalmente nos juntáramos y descubriéramos que tenemos algo que decir, cosa que actualmente no ocurre.

T. ¿Por qué crees que fuisteis tan criticados?
E. B. Creo que en ese rechazo hubo mucha pose. Durante un tiempo fue muy cool meterse con Héroes. O con Bunbury. Lo que pasa es que quedó ese poso, me da la impresión. Con el tiempo me parece injusto, porque no creo que fuésemos tan malos como ciertos críticos querían decir, ni tan buenos como los fans se creían.

Bunbury menciona un libro de psicología que habla del lado oscuro de las personas, y de la aceptación de éste. "Hay cosas de las que nos avergonzamos porque nos parecen inaceptables", cuenta, "que nos torturan a lo largo de nuestra vida hasta cuando las aceptamos, y ahí es cuando más fácilmente nos podemos desprender de ellas".

T. Y tú, ¿cuál es el último tabú que rompiste?
E. B. Yo creo que el rock and roll. Pensaba que siempre iba a ser eso, un tipo del rock; que no tenía otra opción y que tenía que aceptar. Pero lo he roto. Con este disco, además.

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